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Estos primeros números de La Codorniz la elaboran casi exclusivamente el director Miguel Mihura, con Tono, Edgar Neville y Enrique herreros. En el número 2 se publica la lista de colaboradores. Entre ellos, Fernández Flórez, Manuel Halcón, Joaquín Calvo Sotelo, aunque de estos últimos es difícil encontrar textos firmados, y José López Rubio. Según el propio Mihura llevó a su revista a los humoristas que se identificaban con su manera de pensar, no admitiendo a los que no respondían al tipo de humor que él deseaba realizar, y pese al nutrido plantel de dibujantes existentes, la mayoría de los textos existentes, sin firma, con iniciales o seudónimos fácilmente reconocibles, eran fruto de su pluma o de la de Tono.

Con el paso de las semanas se hizo evidente que así no se podían llenar las 24 páginas, y se echó mano del dibujante norteamericano Peter Arno, del italiano Novello y algunos colegas suyos más, y de los escritores Manzoni y Mosca, que en la Italia de Mussolini producían un humor muy similar al codornicesco. De forma limitada publicó también un relato por entregas del francés Cami (que junto a Pitigrilli y Ramón Gómez de la Serna pertenecería a la Academia de Humor francesa), y algunos cuentos del británico P. G. Wodehouse. De cualquier modo, Manzoni y Mosca son los que firman más artículos a lo largo del periódo inicial, el primero con su insoportable personaje Don Venerando, y el segundo con unas cartas del probo niño Juanito, que alcanzaría gran resonancia.

La severidad de Mihura a la hora de admitir nuevas firmas, prolongada después por Perdiguero en la segunda Codorniz, hacía que los aspirantes a colaborar en sus páginas se produjeran con una timidez extraordinaria. En la presente edición el lector curioso puede encontrar en una de las últimas páginas del número 10 un concurso para dibujantes, y entre los seleccionados, uno firmado por Angel A. Mingote (Zaragoza). ¡Pues era nada menos que de nuestro genial Mingote, que luego realizaría la celebérrima Pareja Siniestra, y tantas y tantas portadas codornicescas! Y la anécdota se amplía al número 59, donde bajo el rótulo de "Y he aquí también el primer premio de nuestro concurso de críticas de La Codorniz, cuyo autor es Juan Difumino y vive en la calle de Valencia 8, Zaragoza"...donde aparecía el resultado de un concurso y se reproducía, a tres columnas, la crítica galardonada con 250 pesetas. La gracia de la anécdota es que Juan Difumino...¡también era Mingote!

ideologia

¿Cuál era la estructura ideológica de los humoristas de La Codorniz de Mihura? Al semanario se le ha colocado, con frecuencia, el sambenito de "adicto al régimen", sobre todo en la dilatada etapa correspondiente a la dirección de Alvaro de Laiglesia por haber sido tachado éste de falangista, cosa qeu él mismo desmintió. En la época de Mihura algunos creyeron ver la misma inclinación de inclusión en la propaganda del franquismo naciente, sobre todo en las primeras semanas de su publicación, ya que era una heredera de La Ametralladora, y se trataba de un semanario realizado por el núcleo central de los artífices de la antecesora belicista del bando nacional, con un jovencísimo redactor jefe (Alvaro de Laiglesia), que había pertenecido al equipo direcitvo de las revistas infantiles Flechas, y Flechas y Pelayos editadas en el San Sebastian de los nacionales, además de haber sido colaborador significado de La Ametralladora. Sin embargo resultó todo lo contrario: una revista diferente, desconcertante y promotora de la más decidida libertad intelectual a través de la ruptura de los esquemas del pensamiento tradicional.

Desde la perspectiva presente más se nos antoja que el equipo de aquella Codorniz estubo marcado por la ideología de unos "señoritos", de unos "señoritos bohemios" que pasaban de su propio señoritismo a través de una trivialización más que inteligente. Veamos: la España de 1941 y 1942 era la España de la represión, del hambre; la España en la que el noventa por cien de su población sobrevivía con la magra aportación del racionamiento de los alimentos de primera necesidad.; loa España de los cientos de muertos por tifus y tuberculosis; la España del gasógeno y el estraperlo, en la que sólo las niñas hijas de familia bien podían jugar con su Mariquita Pérez, ya que el precio de la dichosa muñeca superaba con creces el salario de un mes de un trabajador corriente.

En esa España nos encontramos con un equipo en La Codorniz formado por un Miguel Mihura que mientras los españoles del montón iban a pasar parte del verano gorroneando a sus parientes del pueblo, él siempre veraneó en su casita de Fuenterrabía; con un Enrique Herreros al que no le debía ir nada mal con sus vinculaciones en el negocio del cine, entonces lógicamente reforzado por un nuevo régimen que debía utilizarlo como coartada; con un Tono y un López Rubio, ex guionistas de Hollywood, lo que habla de posición privilegiada; con un Edgar Neville figura de la noblesse; con una Conchita Montes, que mientras que la mayoría de las jóvenes españolas apenas habían cursado enseñanza primaria ella había saltado el charco para estudiar en Vassar; con Alvaro Laiglesia, que solía explicar que se había educado con nurse... Aparentemente todos hijos de familias bien o familias con posibles, señoritos pues que podían entretenerse con la práctica de un humor nuevo y alejados de la desesperada necesidad de supervivencia que llevaba a sus contemporáneos a criar conejos y gallinas en balcones, lavaderos y otros espacios domésticos para proporcionarse proteína animal, o a recoger las colillas de sus cigarros en los llamados "botes de recuperación", para reciclar el tabaco residual y aprovecharlo en una segunda pasada. Hay que decir en su honor que, pese a su presunto "señoritismo", en sus dibujos y artículos hicieron gala de una actitud de rebelión intelectual, a través de la burla hacia un orden violentamente alienante, que sirvió para moldear a los jóvenes de su tiempo con el vehículo de la sonrisa. Y esa sonrisa poética, distanciada, perspectivista, tal vez sólo fue posible porque Mihura y los suyos eran unos "señoritos". En 1941 y 1942, cuando por las condiciones socioeconómicas reinantes, humoristas normales hubieran dado paso a estilos crudos, amargos, quevedescos, ellos provocaron un cataclismo tan renovador que se prolongó durante treinta y siete años. Y que no se ha repetido.

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